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Jardines de los Andes, empresa modelo... de explotación

Por Teresa Izquierdo
A las seis de la mañana, más de mil asalariados llegan a las plantaciones de Jardines de los Andes, en Madrid Cundinamarca, para dar comienzo a una faena, en la que en cada minuto se exige el máximo esfuerzo para poder cumplir con los muy elevados mínimos de productividad. 
Cuarenta obreros, que trabajan en parejas, están a cargo de tres mil camas de pompón; en cada una, de aproximadamente 35 metros por ochenta centímetros, crecen alrededor de 4.800 matas. Hay que medir los tallos del pompón, cortarlos, encaucharlos, encapucharlos y meterlos en los baldes. Cada persona tiene que alistar 342 flores por hora. Además,  toca  fumigar, regar, sembrar, desyerbar, picar y despuntar.

Cuando se trata de esquejes, dos operarios deben sacar casi 60 por minuto, 3.200 por hora, 25.600 por jornada. Si alguien falta, los demás deben echarse encima la carga y aumentar el rendimiento para que la producción de la finca no se reduzca y evitar los llamados de atención.  A la premura se agrega la incomodidad: se siembra de rodillas sobre unas tablas forradas en espuma, que se humedecen pronto, por lo cual  proliferan la artritis reumática y enfermedades de la columna.

Hay 60 camas de plantas madre, con 3.450 plantas cada una, que están al cuidado de cuarenta trabajadores; a un individuo le corresponde sembrar 1.725 plantas por hora, labor que ha de realizarse a las volandas porque, de lo contrario, se retrasan todas las tareas.

En la sala de clasificación (bouquets), entre 250 y 300 operarios, vigilados en todo momento por cámaras de televisión, se afanan por atender los pedidos de los clientes, para lo cual, cada individuo encapucha, pone el cristal (polvo con nutrientes), encinta, ata con caucho la cinta y la pata del ramo, a  unos 540 tallos en una hora. Es obligatorio cumplir con los pedidos, aunque la jornada se extienda por más de ocho horas. El tiempo adicional no se paga.

A esa labor, día por día más abrumadora, se le retribuye con creciente mezquindad. Un pacto colectivo bianual estipula aumentos de escuálidos 300 pesos diarios sobre el incremento del gobierno (suma que fue mayor en anteriores acuerdos), a los operarios antiguos se les incita, con promesas de préstamos, a firmar nuevos contratos, con los que pierden la antigüedad. A los egresados del SENA se les encomiendan los mismos oficios pero se les paga solo un 70% del salario.

La tacañería ha llegado al punto de que se desmejora la comida y se suprime hasta la fiesta decembrina, sólo se da una sábana y se rifa una grabadora     o cualquier otra chuchería, «generosidad» que se hace echando mano a la plata del fondo de empleados.

A quienes sufren problemas pulmonares, la empresa y el ISS les aconsejan la medicina infalible del retiro, y a los más enfermos les asignan trabajos pesados para aburrirlos.

A pesar de todo esto, Jardines de los Andes goza de la reputación de ser una de las empresas más benévolas con la fuerza laboral. ¡Qué se puede esperar de las demás!